Historia de los Estimulantes
Schivelbusch, Wolfang
Toda sociedad dispone de los estimulantes que se merece, que necesita y que tolera. Cuando el rey de Escocia visitó en 1194 a Ricardo I de Inglaterra, recibió junto a otras muestras de hospitalidad dos libras de pimienta y cuatro de canela diarias. Tales presentes, que hoy consideraríamos insignificantes, tenían entonces un increíble valor, no tanto como especias sino como símb...
Sinopsis
Toda sociedad dispone de los estimulantes que se merece, que necesita y que tolera. Cuando el rey de Escocia visitó en 1194 a Ricardo I de Inglaterra, recibió junto a otras muestras de hospitalidad dos libras de pimienta y cuatro de canela diarias. Tales presentes, que hoy consideraríamos insignificantes, tenían entonces un increíble valor, no tanto como especias sino como símbolos de estatus y sustituto de la moneda. Los productos orientales de lujo contribuyeron a sofisticar el sentido del gusto medieval, para convertirse, tras el descubrimiento de la vía marítima a la India, en factor decisivo de la economía europea.
Schivelbusch estudia aquí el papel desempeñado por los estimulantes y las drogas a través de los tiempos. ¿A qué se debe que en determinadas épocas aparecieran en Europa estimulantes completamente nuevos? El café, el té o el tabaco, ¿se deben simplemente al azar de los descubrimientos coloniales o acaso venían a satisfacer nuevas necesidades, inexistentes hasta entonces? Por otra parte, siempre se ha pensado en las drogas como productoras de placer, como la puerta de entrada a los «paraísos artificiales», cuando su efecto histórico, que puede parecer paradójico, es el de haber dado lugar a un «trabajo con placer». Así, la taza de café que se toma por la mañana, o los alcoholes del sábado por la noche, por ejemplo, consiguen que el individuo quede imbricado en la vida social, tanto más intensamente cuanto más le apetecen esos placeres.
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