Ultimo Lector, el
Toscana, David
Hay algo inconfundible en el buen escritor y es esa capacidad para retener nuestra atención a través de una voz bien aplomada, que sabe conducirnos al ritmo que él marca por un mundo que le es propio. Y eso ocurre con David Toscana que en El último lector ofrece una novela muy hábil, un puntito tramposa, una invitación a disfrutar de nuestra falta de inocencia, como lectores em...
Sinopsis
Hay algo inconfundible en el buen escritor y es esa capacidad para retener nuestra atención a través de una voz bien aplomada, que sabe conducirnos al ritmo que él marca por un mundo que le es propio. Y eso ocurre con David Toscana que en El último lector ofrece una novela muy hábil, un puntito tramposa, una invitación a disfrutar de nuestra falta de inocencia, como lectores empedernidos que somos.
Quizá porque México celebra como lo hace el Día de Difuntos, en una explosión de color y surrealismo, la muerte no es aquí un asunto siniestro. Hay un eco potente de Pedro Páramo, pero antes de que cunda la decepción con la sospecha de un pastiche que refríe la mejor novela nacional, Toscana ya nos ha atrapado con un tono de voz, con una manera de subvertir el "realismo mágico" para convertirlo en una reflexión sobre las fronteras de la ficción, de lo real.
Lucio, el bibliotecario que se muere de hambre, está condenando los libros que a su juicio faltan a la verdad del arte, esos libros fatuos en que el autor antepone su ego a las exigencias de la trama, llenos de personajes pretenciosos o que distraen la atención con sentimentalismos banales. Tiene tanto leído que sabe todo lo que puede pasar, así que cuando su hijo Remigio le habla de la niña, cuando la viuda de Monterrey aparece para buscar a su hija, cuando llegan los policías rurales, él ya sabe qué lógica les rige, qué fantasías y, por eso, qué destino les aguarda. Sabe del destino trágico que encierra un nombre como el del aguador, Melquisedec.
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